¿POR QUE UNA NEO INDEPENDENCIA VENEZOLANA?
Hoy en día no sufrimos una simple crisis política, sino una enfermedad social en nuestra psicología colectiva que comparte la misma raíz de dolor que el Síndrome de Ulises, ese sufrimiento emocional extremo de desarraigo, que padece el emigrante al separarse de su tierra.
La diferencia es que, mientras el emigrante sufre una pena individual al marcharse, nosotros sufrimos una patología social que podemos definir como el Síndrome del Colonizado o Síndrome de la Madre Muerta, que es la pérdida de la Patria dentro de nuestras propias fronteras a manos de una ocupación extranjera.
Para comprender el estado actual de orfandad y apatía colectiva, hay que mirar la historia clínica de la víctima, pues la decadencia de la Madre Patria comenzó con un trauma de origen que fue la pérdida de Chávez, quien en la psicología de masas encarnaba el gran contenedor afectivo y material, a partir de la certeza del manejo y distribución de las riquezas de la nación.
Aprovechando ese momento de vulnerabilidad extrema de la desaparición de Chávez, el madurismo traidor, siguiendo los planes gringos, aplicó sobre la sociedad venezolana una terapia de shock sostenida durante más de una década encarcelando y desmantelando la gerencia de PDVSA, quebrándola financieramente. Esto condujo a la población a crisis profunda y a un trauma crónico, dónde la urgencia de la supervivencia individual, anuló cualquier capacidad de organización colectiva.
Esta larga asfixia debilitó el tejido social hasta el hueso, dejando el escenario preparado para el secuestro del presidente, que ya no era útil al imperialismo, el pasado 3 de enero, momento en que el país entró en un desmantelamiento acelerado de su soberanía.
Aquí es donde la alegoría se hace carne, pues la Madre Patria yace muerta en el piso, víctima de esa década de desgaste y del tiro de gracia político final, del invasor a Maduro.
El imperialismo actúa exactamente como ese aprovechador desalmado que entra a la vivienda a saquear los objetos de valor de la fallecida, apropiándose de las riquezas materiales y pulverizando simultáneamente los pilares espirituales, el patriotismo, que alguna vez sustentó nuestro hogar.
El Rodrigato, la Asamblea Nacional, el TSJ, el CNE actúan como los familiares traidores que le abren la puerta al delincuente, mientras que la sociedad venezolana, paralizada aun por el luto y el hambre de una década, contempla el robo sin moverse.
El hijo huérfano, el pais, permite que el delincuente desvalije la casa porque está completamente quebrado por la tristeza, sumido en la depresión, ha perdido su autoestima y en una profunda abulia, le falta voluntad para actuar.
No es cobardía, es que la larga terapia de shock previa lo dejó sin fuerzas, haciendo que el poco rechazo a la situación no pase de ser un antiimperialismo fofo, mientras desvalijan la Patria y mientras los gringos avanzan ante la mirada de un pueblo que ya no concibe un horizonte distinto al de la colonización.
Entendiendo que la raíz de la inacción es esta profunda depresión postraumática, el tratamiento político es evidente: consiste en extirpar la abulia, restaurar la esperanza e identificar a los agentes locales del saqueo, el Rodrigato, para retomar el camino de Chávez en la construcción de la Patria Socialista.
La solución no vendrá de la pasividad analítica de quienes se quedan sentados esperando a que las condiciones revolucionarias maduren por sí solas.
Un corazón infartado necesita un choque eléctrico y moral. La reactivación de un pueblo deprimido requiere de una acción detonante, un hito ético que actúe como un misil directo al inconsciente social.
Así ocurrió el 23 de enero del 59, el 4 de febrero del 92 o en el histórico Grito de Baraguá, o a través de gestos individuales de desobediencia civil como el ciudadano que desafió a los tanques en Tiananmén o la dignidad de Rosa Parks al no ceder su asiento en el autobús de Alabama en el 55. El presente exige un catalizador.
Se necesita un acto de entrega humanista y radical que sacuda el luto del hijo huérfano, le recuerde su dignidad y demuestre en la práctica que el saqueador no es invencible, porque la acción revolucionaria es, en sí misma, la fuerza que rompe el hechizo del trauma y libera las condiciones para la neo independencia nacional.
Venezuela espera la acción de sus mejores hijos.
Toby Valderrama, Rosa Natalia, Antonio Aponte y Alonso Quijano
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