NUESTRA PATRIA AHORA ES DE OTROS
A la salida del mercado nos encontramos con una mujer sentada en un muro; su aspecto expresaba abandono, iba acompañada de una niña. Nos detuvimos y le ofrecimos un kilo de harina y dos sardinas de la compra.
Los rechazó y
nos dijo: —Yo no quiero comida, lo que necesito es que alguien me escuche sin mirar el
reloj.
Sorprendidos,
nos sentamos a su lado y le pedimos que nos contara su historia. Se presentó
como Petra y comenzó diciendo:
Es verdad que la
situación era difícil. Las deudas nos cercaban y el cuidado de mi mamá se
volvió una carga de tiempo y del dinero del día a día.
Mis hermanos y
yo nos sentíamos arrinconados por sus historias mil veces escuchadas, por el
horario de sus remedios y por el peso de su vejez. Entonces, nos propusimos una
supuesta libertad: la entregamos a otros.
Petra hizo una
pausa, mirando el suelo, y continuó:
Nos convencimos de que un ancianato era lo mejor. Allí no daría gastos, otros se ocuparían de sus cuidados y nosotros dejaríamos de ser sus “esclavos”.
Con mi mamá fuera del camino, vendimos la casa donde nos criamos todos y nos repartimos el dinero.
Al
principio, todo fue bonanza. Algunos de mis hermanos se sintieron nuevos ricos;
otras, como yo, aprovechamos algunas gotas de esa venta por un tiempo. En
verdad todo mejoró en lo material.
—Y ¿entonces qué
pasó? ¿Por qué estás así? —preguntamos.
Algo se nos rompió
por dentro. Al sacar a mi mamá de su sitio, la casa dejó de ser un hogar para
convertirse en una mercancía. En mi familia cundió el egoísmo; el "esto es
mío" prevaleció sobre el "nosotros".
Sin ese centro que nos unía, aunque fuera por deber, nos convertimos en extraños, en depredadores de nuestra propia herencia y de nuestro arraigo. Perdimos la raíz. Al no tener que cuidar de ella, dejamos de cuidarnos entre nosotros. Nos convertimos en una pandilla de solitarios con los bolsillos llenos, pero con el alma mutilada.
Otros se ocuparon de mamá de mala gana, otros seguramente le
dieron migajas. Otros administraban de su vida lo que en otrora era responsabilidad
de todos.
—Pero tú hablas
muy bien, ¿Qué haces sentada en este muro?
Nos vendieron un espejito de libertad y terminamos atrapados en el vacío.
Cuando terminamos de escuchar a Petra, nos levantamos muy tristes y juramos no abandonar, no permitir que nuestra propia madre sea considerada como un gasto descartable. No perder nuestra historia.
Antes de irnos, por curiosidad,
regresamos y le preguntamos el nombre de su mamá.
Ella respondió
con lágrimas:
—¡Venezuela!
Pero, pero cuando aún vivíamos con ella, le decíamos "nuestra Patria".
Toby
Valderrama, Rosa Natalia y Antonio Aponte
Esperanzapatriotica.blogspot.com
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